Cachorro de grifon

¿Quién adiestra a quién?

Hasta ahora, todos estos artículos que he dedicado a usted amable lector, estaban orientados a hacerle mas llevadera y feliz la convivencia con los canallas de Truco o Kika. He expuesto todos aquellos conceptos etológicos en los que se basa el secreto de la convivencia interespecífica. Le he sugerido firmeza, fortaleza, paciencia, dedicación y estudio como virtudes imprescindibles en la educación de nuestros perros.

El problema aparece ahora que acabo de publicar un libro en el que de alguna forma, cuento la verdad de mi propia relación con los animales que componen mi manada. Esa verdad implica alguna controversia entre lo que le sugiero a usted y lo que realmente hago “cuando nadie me observa”. No obstante y como cristiano que soy, entiendo que mi doctrina no dice que no peque sino que me arrepienta cuando lo haga y además, que sea consciente de mis debilidades.

Mi debilidad perruna es Roco. Siempre lo ha sido y lo será hasta que su Hacedor decida separarlo de mi. Mi confesión es este artículo; el bondadoso oyente, usted, y mis pecados, los que detallo a continuación.

Mi última perra me adiestró

Hace unos años falleció en mi casa una vieja grifona de nombre Linda. Cuando recogí de una perrera a la pequeña bestia parda, mi hija la rebautizó con el nombre de Kika y trató, sin éxito, de utilizar mis conocimientos para meterla en cintura.

La iracunda grifona era una superviviente de dos años invertidos en pelear por la comida e impedir que la mataran otras hembras mas fuertes que convivían con ella en el cercado donde la encontré.

La perra, por tanto, adoptó a mi hija y no al contrario como pretendíamos todos. Nunca se dejó humillar, jamás licitó una postura de sumisión, se murió siendo dominante de mi manada y maestra de Roco y, por supuesto, jamás amenazó a ningún miembro de mi familia.

Yo vi en aquella perra el paradigma de la especie canina. Era lista, fuerte, brava, incorruptible, leal, territorial y protectora con los niños. Decidí no adiestrarla ni aconsejar a mi hija que lo hiciera y, el resultado de esta decisión fue que la perrilla se convirtió en una adiestradora. Primero adiestró a mi hija, luego al cachorro Roco, después a mi esposa y, por último, a mi.

No me arrepiento en absoluto de ser adiestrado en vez de adiestrador. Me obligó incluso, a escribir una narración en boca de Roco y en la que ella es la auténtica protagonista. El libro En los bancales del Sur es la prueba de mi confesión.

Si y No

A estas alturas de la vida de Truco, usted habrá conseguido que él entienda los conceptos de Bien y Mal. En el adiestramiento lo habrá premiado con el ¡Bravo! o castigado con el ¡No!

Cachorro de grifonEs por ello, que ahora su perro discrimina perfectamente la acción correcta de la desafortunada pero, el problema lo tendrá el día en que decida que su animal se exprese con comunicaciones dirigidas a usted. Esta habilidad se desarrolla con el paso de los años y se pulen con la convivencia.

El proceso que yo desarrollé, es el siguiente. Un buen día pensé que el ladrido del Pastor alemán, dentro de casa, es demasiado fuerte y desagradable para los oídos. Aprovechando que Roco sufre de hambre endémica, lo condicioné para que ladrara “sin volumen” y para ello se me ocurrió ofrecerle un pedazo de pan y esperar a que ladrara para dárselo.

El viejo granuja de ocho años, lo aprendió en cuatro repeticiones y no me resultó nada difícil extinguir esa conducta para llegar a que ladrara sin sonido, es decir, con un movimiento de sus mandíbulas acompañado de un pequeño saltito.

Ahora, dos años después y mientras escribo este artículo, siento los golpes de mandíbula, el golpear de las uñas contra el suelo y la mirada del viejo bergante fija en mi nuca. Son las ocho de la tarde y Roco sabe que a esa hora come. Me lo está pidiendo y… ¡Me lo está exigiendo!

De alguna forma, entre él y yo, utilizamos ese apagado ladrido como una aceptación y la mirada al suelo como lo contrario de tal forma que, si en las frías noches de invierno le abro la puerta del jardín para que se vaya a rondar y el no quiere, se pone a mirar el suelo mientras agacha las orejas. Si por el contrario quiere salir, me mira y hace el ladrido mudo con saltito.

Si le ofrezco una pastilla contra la Hidatidosis, mira al suelo pero si se trata de una corteza de queso, ladrido y saltito. ¡Me gusta! ¡No me gusta! ¡Si! ¡No! ¿Vamos al veterinario? Mirada al suelo. ¿Vamos a jugar? Ladrido.

Ordeno y mando

Tanto Roco como su fallecida maestra, aprendieron a solicitar del humano lo que necesitaban en ese preciso momento y, en esa comunicación, no entra la obligada frase: “cuando puedas, por favor”.

Roco sabe hacer pipí a la orden, es decir, que cuando lo saco al monte y digo ¡Pipí! el animal echa su chorrito pero también ha aprendido a no contener la vejiga de tal forma que, cuando siente la más mínima necesidad, viene hasta donde estoy, da el ladrido con saltito, me enseña su correa y me lleva hasta la puerta de la verja.

El problema es que, muchas veces, no quiere solo echar un chorrito sino galantear a la perrilla del vecino o pelearse con algún amoroso competidor. La ilusión que me hacía, en un principio, el que mi perro adoptase esa forma de comunicación me ha llevado a transigir con su pequeña tiranía.

Quiero desayunar

Siempre he preconizado el que no se dé comida a los perros fuera de su escudilla y, a la vez, que no coman mas que una vez al día cuando hayan terminado su crecimiento. Mi madre, poco dada a la forma estricta de relación con los perros, tiene un cariño especial por el sinvergüenza de Roco.

Un día, al amanecer, se le ocurrió darle un trozo de pan duro de la cena del día anterior y, para ello, se levantó de la mesa y fue a buscarlo a la panadera que se encuentra debajo de la barra de la cocina. El canalla se lo tragó de un bocado y se acostó al amor del fuego del hogar.

Al día siguiente y mientras desayunábamos, se dirigió a mi madre y comenzó a ladrarle “sin voz”.
– ¿Mamá, sabes que le pasa al perro?
– Como no sea que quiera que vuelva a darle un trozo de pan…

Desde aquel día, cada vez que mi madre se levanta por la mañana, el canalla de Roco la espera en la puerta de su dormitorio para llevarla a la panadera y allí, “exigirle” su desayuno. Lo peor es que, como sabe el amable lector, las conductas de los dominantes son inmediatamente reproducidas por los subordinados y allí se encuentra mi madre, todos los días al amanecer, rodeada de perros pidiéndole su mendrugo de pan.

Y si no, protesto

Mario Moreno, extraordinario actor mexicano, fue y será mi ídolo cinematográfico. Me influyó tanto durante mi adolescencia, que todavía disfruto viendo por enésima vez, sus películas en las que expresaba ese peculiar carácter, a veces de Don Quijote y otras de Sancho Panza.

Pues bien, las películas de Cantinflas tienen un denominador común y es que, mi admirado actor, sale en casi todas las escenas. Esta actitud, como buen jefe de manada, la ostenta también mi viejo Roco.

Si tenemos una visita, él quiere estar en el centro de la reunión, si hay niños, los tiene que cuidar sin permitir a las hembras acercarse a ellos y si el visitante es otro perro, el bergante de Roco tiene que conseguir que nadie se fije en aquel para centrar su atención en él.

Un buen día, cansado ya de esta actitud de protagonista, le mandé ¡Suelo! A unos veinte metros de donde nos encontrábamos en tertulia con unos amigos. Allí se quedó, por imperativo mío, pero no por convencimiento.

Durante el tiempo que duró la visita, tuvimos como música de fondo un Piiiii….. Piiiiiii…. Piiiiii que terminó exasperándome y deciéndome a acabar con ella. Realmente, ha disminuido mucho su actitud de protagonista pero no ha desaparecido.

El piensa que a un perro viejo hay que consentirle algún capricho porque si no, protesta. Ahora, y mientras acabo el artículo, ha pasado de los chasquidos de mandíbula y saltitos a un ligero Piiii…Piiiii y es que, son ya las nueve de la noche y su cena se ha hecho esperar una hora.

No piense el lector que esta mala educación se ha presentado espontáneamente en la vida de mi viejo amigo, sino que me la he ganado a pulso. El me ha dado muchas satisfacciones a lo largo de casi once años, ha defendido mi casa y familia, ha cuidado de mis niños y me ha regalado más de cuarenta hijos. ¿Por qué no voy a consentir que alguna vez él sea el adiestrador?

En el próximo artículo volveré a contemplar a nuestro perro como objeto de estudio. Esto ha sido una pequeña licencia, que estoy seguro usted comprenderá y perdonará.

Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Diplomado en Estudios Avanzados Universitarios de 3º Ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal (título propio de la Universidad de Granada). Estudió Etología en el Departamento de Biología animal y Ecología de la Universidad de Granada. Fue Fundador y Presidente de AEPE (Asociación Para el Estudio del Perro y su Entorno). Autor de cientos de artículos, y de los libros "En los Bancales del Sur", "HUTA" y "La Etología del Perro".
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
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