Perros con fobias

Otra clase de manías

Exponía en el artículo anterior las conductas anómalas más peligrosas o molestas para la convivencia con nuestro amigo Truco. Las que expongo a continuación no dejan de ser un incordio pero, al fin y al cabo, lo que nos jugamos es un rato de enfado con nuestro buen amigo.

Las fobias de Kika

Hace pocos días leía en una revista de divulgación canina que este problema tenía muy fácil solución tanto si se cogía a tiempo como si se trataba de corregir en un estadío vital avanzado del perro.

Con el debido respeto que me merece la autora del artículo, debo decir que difiero sustancialmente en sus conclusiones.La fobia tiene mal diagnóstico y es difícil, cuando no imposible, su tratamiento.

Hace pocos meses trabajé con un perro, destinado al deporte, que presentaba fobias generalizadas hacia un amplio abanico de estímulos. Se pudieron paliar algunas e incluso, erradicar otras pero, el consejo final que tuve que dar al dueño, fue que no llevara al perro a determinadas pruebas o que adquiriese otro para ellas.

Se puede definir la fobia como una respuesta de miedo excesiva y persistente frente a un estímulo determinado. Puede ir acompañada de ansiedad por separación del dominante, conducta destructiva, agresividad por miedo e incluso, autolesión.

No podemos afirmar que el componente racial sea determinante pero sí que el genético, la experiencia previa o el índice de percepción individual influyen de manera notable en la licitación de estas conductas asociadas al miedo.

También, y en el contexto de licitación, vemos perros que solo muestran fobia a ruidos asociados con desastres naturales (relámpago, caída de rayo, truenos o cohetes) y otros que lo hacen hasta en presencia de un estímulo novedoso como la apertura brusca de un paraguas o la caída de un objeto.

Otra distinción importante es la ontológica, es decir, hay animales que presentan estas conductas desde el periodo crítico de socialización y otros que comienzan a licitarlas a los dos o tres años de vida.

Antes de analizar los distintos tipos de fobias – innatas o adquiridas- veamos el enfoque etológico del problema para tratar de comprender su naturaleza.

Como sabemos, el individuo más apto (en libertad) sería el que mejor evitara la depredación, tuviese mayor acceso a las fuentes de recurso y obtuviera mas éxito reproductor. Nuestros perros, con sólo un periodo de domesticación de dieciseismil años, no pueden haber olvidado, en su mensaje genético, que el desastre natural los afecta sobremanera en sus factores de supervivencia.

Tampoco el que una experiencia novedosa puede ser la responsable de su extinción ya que no estarían capacitados para resolverla. Tampoco habrán olvidado que una comunicación agonística intensa por parte de un dominante, puede ser un aviso de muerte inmediata.

Realmente no debe sorprendernos el que el 20% de nuestros perros domésticos sufran fobias si tenemos en cuenta el enfoque anterior. Pero tampoco soluciona nada, al dueño del perro, el que el concepto de fobia pueda ser asimilado a una conducta adaptativa en su propia evolución.

Perros con miedoLa fobia innata puede ser considerada como una conducta heredada del carácter miedo. Hará su aparición cuando el proceso de socialización de Truco esté tocando a su fin y se manifestará frente a varios estímulos. Es la más peligrosa por su capacidad de extrapolarse a otros estímulos posteriores que aparecerán en la vida del animal.

El perro que presente esta elevada emocionalidad jamás será apto para pruebas deportivas y mucho menos para ser adiestrado en defensa. Por supuesto, a tenor de su raza, puede ser utilizado como animal de compañía pero siempre con las limitaciones propias del individuo.

Entre los adiestradores es muy normal buscar el carácter temple -que no es más que la ausencia de fobias – entre los cachorros de dos meses de una camada, para adoptar un ejemplar de trabajo.

Cuando la fobia se manifiesta en el periodo de madurez del animal y solo frente a un determinado estímulo, debemos sospechar que el perro ha sufrido un proceso de sensibilización. Si unimos, en el tiempo, un estímulo aversivo (daño físico o frustración) con otro neutro (cohete) el animal tenderá a licitar conductas de miedo o agresivas con la sola presencia del neutro.

La mayor parte de las veces, nosotros somos los responsables de las sensibilizaciones de nuestros perros y otras pueden ser personas ajenas a la familia las que pueden causar fobias, con o sin intención. En Sevilla vi un ejemplar de trabajo que licitaba conducta fóbica hacia su jaula sin llegar a averiguar quien había sensibilizado al perro.

Yo tenía una perra, Lira, que murió con diecisiete años. Hasta los doce, disfrutaba cuando observábamos los castillos y fuegos artificiales desde la terraza de mi casa. No le importaban en absoluto los cañonazos, truenos o relámpagos, incluso, yo diría que hasta le gustaban.

Un buen día, al llegar a casa observamos con desesperación, como había destrozado la puerta de acceso al jardín para tratar de entrar en la vivienda. El animal estaba temblando y su respiración se asemejaba mas a la de un corredor de fondo que a la de un perro.

Busqué el motivo de aquella conducta sin encontrar ninguno lógico pero el fenómeno se repitió, esta vez en mi presencia, cuando en el pueblo cercano dispararon cohetes en la celebración de las fiestas locales. Mi vieja Lira temblaba como el azogue y solo acertaba a buscar mi protección tratando de colocarse entre mis piernas.

El diagnóstico lo tenía claro. No podíamos hablar de una fobia innata porque durante muchos años no se había presentado. Esta conducta debía por tanto, obedecer a un proceso de sensibilización, pero… ¿Cuándo y donde se había producido?

Hasta pasadas tres semanas no se desveló el misterio. Mi amigo el panadero me dio la clave:

“Don Antonio, hace veinte días, y cuando usted no estaba en su casa, un grupo de niños de la misma urbanización, tiraron a su perra un montón de cohetes a través de la valla del jardín. El pobre animal recibía un estallido en la cara cada vez que intentaba “echarlos” de las rejas. Hasta que llegué yo y los expulsé, la vieja perra atacó con frustración, una y otra vez, el límite de su propiedad.”

Desde aquel día y hasta su muerte, la pobre perra se ponía nerviosa con ruidos “fuera de lo normal”. Yo le apliqué un tratamiento de condicionamiento y de habituación pero lo que conseguí fue paliar los efectos, nunca erradicarlos.

El problema se agudiza si el “sensibilizado” es el dominante Truco. El semental contagiará su estado de miedo o nerviosismo a todas sus hembras y cachorros. Sucede algo así como lo que ocurre en una batalla en la que los generales corren hacia atrás: ¡masacre segura!

Problemas en el comportamiento trófico

Recibo muchas consultas de dueños preocupados por la alimentación de sus perros. La mayor parte de ellas, se deben a que Truco no quiere comer, pero también abundan las que se refieren a que Kika se come todo lo que encuentra en la casa por más que se le castigue este mal hábito.

Raramente se produce la inapetencia en individuos que viven con más congéneres. Como dije en artículos anteriores, hay dos maneras de alimentarse: per se y por actividad de alimentación.

En la primera, el perro come porque realmente tiene hambre y lo necesita pero, en la segunda, come porque ve a los demás hacerlo y, aunque no tenga hambre, lo hace “por si mañana no hay comida”.

Es por ello que, cuando un animal come junto a otros, lo hace con más voracidad que cuando tiene la certeza absoluta de que nadie le va a disputar el recurso.

Casi todos los que me consultan sobre la inapetencia de sus amigos, caen en los siguientes errores alimentarios:

1. Dan de comer al perro dos o tres veces al día.
No tienen en cuenta que, la digestión de los cánidos es más lenta que la nuestra y, por tanto, debe tener un periodo de reposo muy superior que el que mantenemos nosotros. Aparte de conseguir la inapetencia y obesidad de su animal, se juegan constantemente una torsión gástrica (culpable de muchas muertes en perros de trabajo). Un animal adulto tiene que comer solo una vez al día y, a ser posible, por la noche.

2. Le llenan el comedero y lo dejan alimentarse a su libre albedrío.
Tienen los mismos problemas que los anteriores pero con más incidencia en la obesidad.

3. Les suministran comidas de humanos, golosinas, dulces y especias.
Es una elegante forma de fastidiarle el hígado consiguiendo que el perro se aficione a comidas que nada tienen de sanas para él.

Una amiga de mi hija tiene una perrita Grifona de cuatro años que solo come macarrones, pollo sin piel, pizza, hamburguesas sin pan y con mostaza, patatas fritas congeladas, queso de gruyere y dulces, muchos dulces. Por si fuera poco, no prueba el agua porque se hidrata con yoghurt líquido, refrescos de cola y batidos.

Hace un año, su dueña tuvo que abandonar la ciudad por un viaje imprevisto. Sabiendo que en nuestra casa hay instalaciones para más perros de los que tenemos, nos pidió que nos ocupásemos de su amiguita durante unos días.

Ahora, yo conozco la dieta de la interfecta pero entonces, ni me la imaginaba y su dueña, sabiendo como pienso, ni se atrevió a explicármela.

El caso es que, la malcriada perra, recibió desde el primer día su ración de pienso aderezada con las sobras de nuestra familia, es decir, lo mismo que comen mis perros.

El animal no sabía el protocolo de alimentación que rige en mi manada. Se ponen los platos en el suelo, se ordena: ¡Sienta! y así quedan los animales hasta que se les da la voz de alimentarse. Cuando la orden suena, cada uno se “lanza sobre su plato”, el primero que acaba, mendiga sin éxito de los demás excepto que sea Roco el adelantado porque, de ser así, en vez de mendigar, desplaza a otro comensal y trasiega su comida sin pedir excusas. El piensa que “jefe que no abusa, pierde prestigio”. Quizás sea este el motivo de que mis perras muerdan el pienso en vez de comerlo.

La perrita invitada, ayunó tres días por su inapetencia y por el miedo que le causaba el Pastor alemán pero, al cuarto día, voló hacia su escudilla y consiguió acabar la primera. Yo me di por satisfecho cuando observé aquella conducta adaptativa de la refinada perrita. Tanto fue así que, cuando volvió la dueña, me vanaglorié ante ella, de mi éxito trófico. ¡Tu perra, come ahora, lo que tiene que comer! Su respuesta: Bueno, ahora hay otro problema y es que a mí me da asco el pienso y… ¡Cómo comemos juntas…!

Ese día estuve por “cortarme la coleta” como etólogo.

El otro extremo es el caso del perro que engulle todo lo que encuentra. Hay animales voraces que piensan que “es mejor reventar hoy por si mañana no hay caza”. De este tema, si le parece bien al amable lector, hablaré en el próximo artículo.

Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Diplomado en Estudios Avanzados Universitarios de 3º Ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal (título propio de la Universidad de Granada). Estudió Etología en el Departamento de Biología animal y Ecología de la Universidad de Granada. Fue Fundador y Presidente de AEPE (Asociación Para el Estudio del Perro y su Entorno). Autor de cientos de artículos, y de los libros "En los Bancales del Sur", "HUTA" y "La Etología del Perro".
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
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