La vejez de mi perro - Mi perro envejece

La vejez de mi perro

Cuando nuestro buen Truco ronde los diez años comenzará su periodo senil, y que esa fase de su vida se retrase o acelere dependerá de su factor racial, actividad física, alimentación y un montón de circunstancias en las que usted, amable lector, tiene mucha responsabilidad.

Hay perros que, por su constitución racial, son muy longevos y otros a los que hemos acortado la vida por un fallo en nuestra selección artificial.

Mi perra Lira, una pastora alemana, vivió felizmente entre nosotros hasta sus diecisiete años de vida. Al final de su existencia, ni oía ni veía pero su excelente olfato la acompañó hasta su muerte. He visto, por el contrario, sagas de perros de otras razas morir sin llegar a sobrepasar el límite de los diez años.

La calidad de vida que posea nuestro perro, en este periodo final de su existencia, no debe tener nada que ver con su raza ni sexo porque, esa condición vital, está definitivamente en nuestras manos. Ahora, nuestro amigo presenta unos patrones de conducta muy diferenciados de los que nos mostraba cuando era un ejemplar joven.

Truco no entiende la muerte

Hace poco un lector me preguntaba si su perro era consciente de que su existencia se acababa, es decir, si tenía en su pensamiento la proximidad de su muerte. Lo tranquilicé comentándole que sólo los humanos tenemos esa clase de pensamiento y esa capacidad, es la que nos distingue de las demás especies.

No existe ningún animal que tenga la seguridad de que, antes o después, dejará de existir. La angustia y el sufrimiento que crea esa absoluta certeza, es el pago que el Hombre realiza por ser miembro de la especie elegida.

Los perros, como decía antes, no son conscientes de ese desenlace y por tanto, no tienen el sentimiento de pena que nosotros presentamos ante la muerte de un ser querido. Nuestro sentimiento, ante esa muerte, se amplía con el concepto de que nosotros también pasaremos por ese angustioso trance.

¡Cuídame, compañero!

Los síntomas de la vejez de Truco van apareciendo poco a poco en su vida. El pelo de la barbilla comienza a blanquear, sus ojos ya no son tan vivaces como cuando era un perro joven, sus patas no desarrollan la velocidad de antes y su oído comienza a flaquear.

Sin embargo, con la senectud, parece que aumente el cariño o la dependencia que hasta ahora ha mantenido con usted. Es lógico si pensamos que ahora nos necesita más que nunca. Él es consciente de que ya no puede cumplir con sus funciones vitales como lo hacía antes y algunas veces, cuando nos mira, parece decirnos algo así como: ¡Ayúdame compañero!

Perros que envejecenMientras escribo estas líneas, observo a mi viejo Roco tumbado siempre a mis pies, y dormitando mucho más de lo que lo ha hecho hasta ahora. Su mirada, cuando le hablo, parece contarme lo que sucede en su interior.

Antes se alegraba enormemente cuando intuía que yo cambiaba mi asentamiento para salir al jardín, pero ahora, ya no se alegra tanto. Me sigue pero no por ir a ver a los pájaros sino para no perderme de vista y romper el contacto que tanto aprecia.

Aunque disfrute de su paseo diario ya no lo espera con tanta ansiedad, como antes. Soy consciente de que una dosis adecuada de ejercicio es muy necesaria para su salud pero, mi andar rápido, lo cansa con mucha facilidad y su lengua aparece mucho antes de recorrer dos kilómetros.

Al llegar a casa busca el amor del fuego de la chimenea y, por supuesto, el contacto con su amigo. Antes disfrutaba de muchas actividades pero ahora este permanente contacto, lo es todo para él.

No todo es malo en la vejez de Truco

Mientras no aparezcan los síntomas de alguna enfermedad, la vejez de nuestro amigo aporta una serie de ventajas que hacen que muchas veces nos preguntemos si es mejor perro viejo que joven alocado. Ahora yo tengo la plena certeza de adivinar, con anterioridad, el noventa y nueve por ciento de las reacciones de mi perro.

Esto nos produce a todos una enorme relajación basada en la falta del estrés que nos había proporcionado, hasta ahora, el simple hecho de sacarlo a la calle. Por otro lado, la mente avezada de nuestro animal, adivina “todo” lo que esperamos de él en cualquier momento. Esa empatía es la base de una convivencia relajada y feliz para ambas especies.

Hace poco, vino a mi casa una doctora en comportamiento animal a la que sorprendió el hecho de que mi viejo Roco siempre se mantuviese a una distancia de un metro y medio de mí. Si no lo llamo o él no necesita que yo lo acaricie, se coloca siempre a esa distancia cuando estoy leyendo, escribiendo, trabajando o simplemente viendo la televisión.

¿Por qué esa distancia y no otra? Realmente, para pronunciarse con conocimiento de causa, habría que realizar un estudio, formular su hipótesis, predicciones y comprobarlo pero, aun así, me atrevo a responder a la pregunta; esa es la distancia exacta que optimiza su control sobre el dueño a la vez que le proporciona cierta libertad.

Esa distancia, en el caso de Roco, se ha ido haciendo cada vez más pequeña conforme sus años han ido aumentando de tal forma que, por un lado le permite captar sin levantarse del suelo, cualquier variación en la actividad de su amigo y por otra le mantiene dentro del territorio particular que se forma entre ambos.

El mantenerse en ese circulo le aporta seguridad y le satisface su necesidad gregaria. Cuando era joven también lo hacía solo que el radio se extendía hasta cuatro metros y esta diferencia de distancia se debe simplemente a la merma de su capacidad sensorial.

A mí realmente no solo no me molesta sino que incluso me agrada ya que siempre sé con exactitud, la intensidad de voz que debo usar para hablarle, los gestos necesarios para ordenarle o hacerle tomar contacto conmigo.

Entiendo que, esta distancia, variará lógicamente a tenor de la relación del perro con su dueño y de las necesidades gregarias de uno y de otro, pero observen por curiosidad como ese radio se va haciendo cada vez más exacto y en constante disminución.

Creo que otra ventaja importante para el viejo Roco es que, aunque apague las luces de mi casa antes de irme a dormir y ande a oscuras, ya no le propino los potentes pisotones de rabo que el pobre animal recibía a diario porque… ¡Ahora sé siempre donde está!

Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Diplomado en Estudios Avanzados Universitarios de 3º Ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal (título propio de la Universidad de Granada). Estudió Etología en el Departamento de Biología animal y Ecología de la Universidad de Granada. Fue Fundador y Presidente de AEPE (Asociación Para el Estudio del Perro y su Entorno). Autor de cientos de artículos, y de los libros "En los Bancales del Sur", "HUTA" y "La Etología del Perro".
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
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