La edad adulta de Truco - la etologia del perro

La edad adulta de Truco

Si Truco o Kika han sido padres, podemos pensar que todos sus caracteres psicomorfológicos y conductuales han completado su normal desarrollo. Truco habrá montado hembras y Kika habrá licitado conductas típicas del imprinting maternal. ¡Ya son adultos responsables!

Muchos especialistas pensamos que la madurez se manifiesta, entre otras cosas, por la aparición de problemas de conducta que, hasta ahora, estaban subyacentes.

Esta creencia es lógica si pensamos, por ejemplo, que el miedo que tenía Truco a las situaciones novedosas cuando tenía tres meses, era necesario para su supervivencia y fruto de sus cada vez mas amplias conductas exploratorias.

Kika no tuvo claro su lugar en el escalafón de la manada hasta que a los seis o siete meses, acabó su periodo de jerarquización.

Así, un sinfín de comportamientos casi tan complejos como los de los humanos, se nos mostraban en nuestro perro sin poder calificarlos de conductas anómalas. Ahora, cualquier comportamiento “extraño” de nuestro amigo sí puede serlo, ya que su carácter está totalmente formado.

Por otro lado y, en un porcentaje excepcionalmente alto, todas estas conductas raras de Truco son adquiridas gracias a la ignorancia, dejadez, pasividad, antropomorfismo, inoperancia y carácter inadecuado del dueño.

Como supongo que este no es su caso y que los problemas que presenta su animal son los lógicos de la convivencia, obviaremos en este artículo la clasificación, tipificación y tratamiento de las conductas anómalas de Truco. Esto no quiere decir que en su momento, no le dedique a usted, amable lector, varios artículos relacionados con el tema.

Partimos de la base de que Truco o Kika son normales, con sus lógicas manías, con su espíritu perruno y con una buena integración en la manada de los también maniáticos humanos.

Truco, Kika y el cachorro humano

Entiendo que a ningún padre responsable se le ocurrirá dejar solo a su hijo pequeño con un perro, por mas confianza que tenga en este último, sobre todo después de ver como se portan algunos “canguros humanos” con los bebés ajenos. Pero si tenemos en cuenta las normas lógicas de seguridad y educación de ambas especies, la convivencia será muy beneficiosa sobre todo, para nuestro retoño.

Hoy les voy a contar un cuento en el que, de alguna forma, se refleja usted, su familia y su perro. Lo escribí en Navidad empujado por las múltiples consultas que recibí relativo a las dudas de muchas parejas sobre la conveniencia de criar a sus hijos con un perro.

CUENTO DE NAVIDAD

Un perro, en palabras de Xavier Manteca, es un lobo que nunca alcanzará la madurez. Un niño, es un cachorro de homínido evolucionado que tarda casi dos décadas en conseguirlo.

Ya que ambas especies estamos de alguna forma, unidos en la Evolución y que nos atan unos lazos superiores a los de cualquier otra, veamos en este pequeño cuento de Navidad, la realidad de la crianza conjunta de ambos cachorros.

Cuando el nuestro empiece a andar, el otro estará meando contra los árboles acabada su fase juvenil. Los instintos filogenéticos de perro en ese periodo, se habrán desarrollado con más celeridad que los del hombrecillo. El imprinting del can terminará antes que el del niño, el perro estará jerarquizado antes de que el pequeño vaya a la guardería y así, aparecerán un sinfín de desigualdades cronológicas en la crianza de ambos cachorros.

En países de cultura occidental, los Reyes Magos, Papá Noel o Santa Claus, regalan cada vez con mas frecuencia cachorros de perro a las familias recién visitadas por la cigüeña, con la sana intención de que se críen juntos; ¡que relación tan bonita y peligrosa para ambos mamíferos!

Estamos en el seno de una familia media como la del autor o como la suya, lector.

Papá, líder biológico por cuestiones de Testosterona y paternidad; Mamá, líder del territorio por rango y progestágenos. Hay un hijo de tres años que, como todos a su edad, es un pequeño tirano que demanda constantemente, recurso y juego de sus progenitores.

En medio de esta “manada” aparecen simultáneamente, un cachorrito de perro y un hombre recién nacido. El primero, en tan solo 7 semanas, aprende a alejarse de Papá cuando está malhumorado, a buscar a Mamá cuando tiene hambre y a huir sistemáticamente de la fuente de conflictos que representa el tirano. El segundo, en ese tiempo, solo aprender a llorar con fuerza, para solicitar mas cuidados parentales de los que realmente necesita.

El perro le ha mordido al tirano

El cachorro ignora olímpicamente al pequeño humano que pasa el día entre los brazos de Mamá y la “caja” donde descansa de no hacer nada. El otro hombrecillo es el peligroso. Trata de sacarle un ojo con el afán cognitivo de averiguar que hay detrás, le introduce un palo en la oreja con el propósito de dejarlo sordo e incluso, le disputa el juguete o golosina que ambos especímenes se niegan a compartir.

En el fragor de la batalla, el perro resulta aporreado y el niño mordisqueado. ¿Cómo te has atrevido a morder a Juanito? El médico de urgencias aprecia unos inexplicables pinchazos en la delicada piel del tirano pero, Papá le aclara que su hijo ha sido mordido por un perro. ¡Drama social!

El perro asusta al cartero

Han pasado cuatro meses. El bebé ya comienza a retorcer la oreja del perro cuando este se pone a su alcance. El tirano ha aprendido a no entrar en el cuerpo a cuerpo con el cachorro ya que este último ha desarrollado mucha habilidad en el combate mientras el humano solo ha aprendido a barajar la ecuación costes-beneficios. No obstante parece que se llevan mejor.

Sus relaciones de jerarquía son mas adecuadas y la comunicación interespecífica se hace cada día mas fluida. Los dos aprenden a convivir y a desarrollar juntos los instintos lúdico-gregarios que todos los cachorros de mamífero poseen.

El cachorro ha aprendido cual es su sitio en la manada respecto a los líderes adultos y al informal tirano. El territorio inicial se amplía con el jardín. Un mundo de olores lo hacen irresistible para él y trata de permanecer allí todo el tiempo que puede.

Solo tiene un problema sin resolver. Periódicamente, un humano trastea en la valla y luego se va. El cachorro ya ha desarrollado la defensa territorial y no acepta el que, un buen día, el humano se empeñe en manipular algo que el perro considera propiedad de la manada.

El portillo está abierto y el cachorro, con mas miedo que decisión, corre hacia él mientras ladra con un gruñido que apenas le sale del cuello. El hombre sale disparado y le cuenta al policía del barrio que un perro enfurecido ha tratado de destrozarlo. ¡Drama social!

El perro mea el Prunus de Papá

Otros cuatro meses transcurren para la “feliz manada”. El bebé comienza a andar y, por supuesto, considera que el mejor taca-taca es el cachorro. Los mechones de pelo que le arranca cubren el suelo y Mamá se enfada como si el perro los tirara voluntariamente.

Papá se dirige a él y le habla como si realmente lo entendiera. El tirano discute y pelea con el cachorro a brazo partido. Ya no hay problemas de lesiones en la batalla porque el perro, no solo considera que el hombrecillo lleva siempre la razón, sino que encima, se la da.

El cachorro ya ve al tirano como a un pequeño líder y no está dispuesto, bajo ningún concepto, a enfrentarse con un aprendiz de hombre que, aparte de ser su amigo, es inteligente y con una capacidad infinita de inventar desastres de los que luego él será el responsable.

Últimamente, ha aprendido a levantar la pata para orinar, sobre todo, cuando una perrilla de la casa vecina se pasea cerca de la valla. Siente una necesidad imperiosa de evacuar sus feromonas y marcar el territorio. Para este fin, nada mejor que un arbolito que Papá sembró recientemente en el jardín aunque la consecuencia es que el Prunus acaba secándose.

Mamá comenta en su círculo de amistades, un artículo que ha leído recientemente en el que especifican que la micción y/o defecación inadecuada es la segunda causa de eutanasia canina. ¡Mi perro acabará dejándonos sin jardín. ¡Drama social!

El perro es un buen amigo de mis hijos

Después de unos meses, vuelve la Navidad. El Bebé cumple un año, ya anda solo y sabe el nombre del perro. Trastea los ojos, boca y orejas del animal pero con menos saña que el tirano.

El perro lo lame desarrollando de esa forma, un ancestral rito social, lo cuida como a un cachorrito de su especie y, sobre todo, le aguanta mas faenas que a un congénere.

Papá disfruta con su compañía y Mamá ha dejado de temer a los delincuentes callejeros cuando pasea con él por la calle. ¡Tiene a su perro para defenderla!. ¡Estoy segura que se dejaría matar por mí!

El pequeño tirano y el perro han firmado un pacto de no agresión y respeto mutuo. El segundo participa de buen grado en todas las trastadas de su amigo aceptando, de buen grado, el castigo inherente, con culpa o sin ella.

El cartero se ha reconciliado con “la fiera” y cuenta a sus amigos, como el perrazo mueve la cola mientras él manipula el buzón de la valla.

Las ratas han abandonado el garaje y la puerta de la calle siempre está entornada. ¡En casa está nuestro perro!

Al cabo de varias Navidades, se publica un estudio sobre la influencia positiva de los perros en la cría y educación de los niños. Papá lo lee mientras con aire despectivo sentencia: ¡eso ya lo sabía yo!

Mamá asiente con la cabeza y el tirano busca, con la mirada, la de su viejo amigo. El perro mientras tanto, lame las costras de las heridas del más pequeño de la casa.

He descrito, en este pequeño cuento, las situaciones corrientes en millones de bondadosas familias, que todos los años y, en cualquier lugar del mundo, aceptan un cachorrito como compañero de sus hijos.

Evidentemente y según estadísticas recientes de sociólogos estadounidenses, la presencia de un perro en la vida de un niño parece que disminuye las tendencias a las desviaciones de conducta en el futuro.

Lo creo a pié juntillas pero… ¿no será que las familias que adoptan a un perro tienen una capacidad para educar a sus hijos superior que aquellas en la que la convivencia con otra especie solo representa un grave problema?

No sería imparcial si no aceptase el hecho de que hay perros que, por genética o manipulación, son capaces de poner en peligro la integridad física de los humanos. También asumo que, entre los hombres, hay especímenes que no respetan ni el derecho a la vida de los demás. Aún así y, mas aún en Navidad, sigo creyendo en el ser humano y en mis perros.

Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Diplomado en Estudios Avanzados Universitarios de 3º Ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal (título propio de la Universidad de Granada). Estudió Etología en el Departamento de Biología animal y Ecología de la Universidad de Granada. Fue Fundador y Presidente de AEPE (Asociación Para el Estudio del Perro y su Entorno). Autor de cientos de artículos, y de los libros "En los Bancales del Sur", "HUTA" y "La Etología del Perro".
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
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