Perro con su hueso

El machismo, el feminismo, y el perro

Realmente, este es un artículo que debería haber escrito hace tiempo pero, el poco deseo que tengo de enturbiar la relación que me une a usted, amable lector, me ha impedido hacerlo hasta ahora.

Lo hago en este momento, acuciado por la cantidad de mails en los que de alguna forma, se me “culpa” de que Truco no participe en la crianza de sus cachorros, ignore la cortesía en su relación con Kika, le robe el juguete o simplemente la jerarquice de forma más o menos violenta.

Voy a tratar de exponer, con toda la asepsia posible, el por qué de esas conductas que nosotros los humanos con mentalidad occidental, rechazamos como sexualmente discriminatorias.

Si observa la relación de Truco con los cachorros, verá que es muy parecida a la que mantiene con las hembras, es decir, de absoluto señor feudal. Este sistema adoptado por todos los mamíferos, tiene tanta antigüedad como su propia filogenia.

La guerra de los sexos se estableció hace millones de años y, en un principio, la ganó el macho pero, eso no quiere decir que esa guerra ya esté acabada o que la propia Evolución no establezca otro futuro resultado en la victoria.

Si nos ceñimos al estudio de los cánidos, observamos que hay especies libres como el Canis Hienae (Hiena), en las que la jefatura del Clan recae siempre sobre una hembra. Es ella, en este caso, la que desarrolla conductas de “señora feudal” y somete al macho a un papel de menor protagonismo que en el de las demás especies de cánidos.

Mas aún, en un estudio reciente efectuado sobre una manada aislada de lobos árticos, se ha descubierto que ya ha habido varias generaciones de hembras dominantes a las que ha tocado “decidir” por toda la comunidad.

Darwin decía que si una especie está aquí y ahora es porque su adaptación es la correcta dentro de la Evolución, y esto nos hace aceptar como dogma que un animal sin capacidad de razonamiento humano, hará exactamente lo que deba hacer para conseguir su propia adaptación.

Entonces, si una hembra se somete al dictamen del macho es porque consigue, de esa forma, una tasa de aptitud adecuada a su necesidad. De la misma forma, si el macho de Hiena acepta la “tiranía” de la hembra, no hace ni mas ni menos que lo que le manda su exitosa filogenia.

En otro artículo expuse los factores de dominancia en las especies de cánidos. Recordará el lector que el más importante era el tamaño seguido de la edad, antigüedad en el territorio y finalmente el sexo. También se ha experimentado el nivel de Testosterona como un factor no descartable en ese estatus de dominancia.

Entonces, no es de extrañar que, como decía antes, Truco se comporte con los cachorros de igual forma que con Kika ya que su tamaño y fortaleza es superior al de cualquier individuo de la manada. En el caso de las Hienas, el Dimorfismo de especie también está a favor de la hembra, es decir, es ella la que ostenta un mayor volumen muscular y una aptitud superior para el combate.

perro comiendo huesoTodo esto nos lleva a pensar que, en las especies de cánidos, todo está “arreglado” por la Selección Natural para que cada sexo desarrolle unas funciones totalmente complementarias y necesarias cara a su propia evolución.

En Etología aceptamos que el Esfuerzo Reproductor del macho es igual al de la hembra ya que, si bien el Esfuerzo Parental de esta es muy grande y el del macho pequeño, el Esfuerzo de Emparejamiento del macho es muy superior al de la hembra. Este concepto reafirma el de que ambos sexos, aunque sean distintos, son totalmente necesarios y adaptativos.

En este punto aparece el Humano en la vida del Perro. Lo lleva a su territorio, lo domestica, establece con él un comensalismo, lo hace espejo y blasón, lo inventaría entre sus pertenencias, hace actuar sobre él su propia selección artificial, lo somete y más aún, se empeña en enseñarle su propia filosofía o ética de vida.

En el siguiente punto cronológico, una estimada lectora manda a este humilde estudioso de la Etología canina un correo en el que le acusa de machista por alabar la conducta, también machista, de su buen Roco y aportando como prueba de cargo, el que su perra juega al ajedrez cosa que, por supuesto, no haría ningún macho.

Yo no solo acepto sino que comparto la cultura occidental que preconiza la igualdad de derechos, libertades y oportunidades de ambos sexos de la especie humana. En esa cultura he educado a mis hijos pero también lo he hecho desde el punto de vista de la no intransigencia sexual.

Ellos saben, como yo, que tanto hombre como mujer, somos totalmente imprescindibles en nuestra propia evolución aunque seamos como mamíferos distintos, sexualmente dimórficos y totalmente complementarios.

Ahora bien, si yo me empeñara en convencer a Roco de estos complicados conceptos humanos y Roco pudiera reírse, lo haría en mis barbas y con una absoluta falta de respeto hacia su Superalfa. Prefiero no interferir en sus patrones filogenéticos sino tratar de conocerlos para que ellos jueguen a mi favor.

Aquí en España, tenemos un dicho: “En casa del herrero, cuchillo de palo”, que explica tácita y concretamente el conflicto de intereses que originó el único enfrentamiento hasta el final, que mantuve con mi buen Roco.

Este combate ya lo referí en un artículo anterior y recibí varias docenas de mails preguntando qué había querido decir exactamente. Ahora lo voy a explicar ya que, como he dicho, viene al cuento y se originó por un feminismo perrero mal entendido por mi esposa.

Por aquel tiempo mi perro estaba en plena adolescencia al igual que las tres hembras. Todavía no había intentado “probarme” aunque yo sabía que, con el carácter que posee mi compadre, antes o después lo haría. Ya pesaba sus buenos treinta y cinco kilos, sus colmillos impresionaban y tenía imagen de cualquier cosa menos de perro amigable.

Pues bien, traje a casa en mala hora, cuatro huesos simulados de esos que regalan con el pienso y que solo sirven para que el perro se los coma. Mi esposa, defensora a ultranza de los derechos de cualquier hembra, repartió entre mis animales los pellejos enrollados empezando por la última hembra y acabando por el macho. A Roco le dijo algo así como que tenía que ser un caballero y servirse el último.

Mi compañero no estuvo muy de acuerdo con aquella caballerosidad impuesta y si la aceptó, fue por la presencia de toda la familia alrededor del hogar y la de cada dueño con su perro. Yo comencé a ponerme nervioso al observar a toda la manada comiendo fuera de su escudilla e interaccionándose, mientras masticaban con fruición el endemoniado pellejo.

Desde pequeños comían cada uno en su plato y a la orden de alimentarse ya que, de esta forma, evitábamos los conflictos originados por el que acababa antes. Aquel día, siendo yo consciente de que se podía armar la Marimorena, mi esposa me convenció de que mi perro era todo un gentleman y respetaría el juguete de cada uno y… ¡Se armó el Belén!

El ladino de Roco, armado de dientes más potentes que las hembras y en menos que tardo en escribirlo, le propinó a Tana, la perra de mi mujer, dos sopapos y desoyendo mi orden de ¡Suelta!, corrió como alma que lleva el diablo, con el hueso en la boca, hasta uno de los bancales de mi jardín. Allí se escondió para llevar a cabo la felonía iniciada en el salón. Lo perseguí bajo la lluvia de aquella intempestiva noche de Otoño, hasta que quedó arrinconado contra el muro. Le grité e intenté sacarle el hueso de la boca y en ese momento, me gruñó, ¡Me gruñó mi propio perro!

Yo soy consciente de que a ningún animal se le debe quitar la posibilidad de fuga, arrinconándolo y rompiendo su distancia crítica, pero lo hice. Roco, mas alterado que yo, decidió que aquel día era el mejor para probar a su líder y volvió a gruñirme. Solo puedo decirle a usted, amable lector, que mi propio perro me dio miedo y que aquella noche yo llevaba puestas las botas que utilizo para aterrizar cuando salto desde el avión. Desde aquel día -y han pasado años- Roco aun ve con nerviosismo cómo me las calzo.

Antes o después, un Pastor alemán dominante como mi perro, tenía que probarme; solo fue cuestión de darle el motivo pero, la cuestión que nos ocupa es que esa conducta era totalmente predecible. Me dejé guiar por el antropomorfismo de mi esposa que, en ese momento pensaba que Roco, todo un caballero, se portaría como su dueño, es decir, esperaría a que ella se sentase a la mesa para bendecirla y comer. ¡En casa del herrero, cuchillo de palo!.

Mi mujer tomó nota de mis clases de Etología y ahora, como buena psicóloga, entiende que en la Naturaleza impera la ley del más fuerte sobre todo, entre los mamíferos gregarios. Mis perras saben que si un alimento está fuera de la escudilla es propiedad del dominante mas cercano, aunque ahora el dominante, por cuestiones de edad, esté flojo de remos y llegue el último.

Al paso de los años, mi manada está tan bien jerarquizada que no ha habido ninguna pelea entre sus miembros desde hace nueve años, a lo sumo, alguna comunicación más o menos agonística. Aun así, tengo una amiga alemana que, en su momento fue mi alumna de Etología, que sigue empeñándose en que su macho Boxer actúe con sus hembras con la misma delicadeza y ausencia de “machismo” con que ella es tratada por su marido.

El buen Boxer disimula en su presencia pero, en el momento en que se quedan solos, forma la de San Quintín y da con alguna hembra en el veterinario. Yo sinceramente prefiero gastarme el dinero en pienso a invertirlo en hilo de suturar y es que, querido lector, los cánidos son machistas o feministas pero lo que no son, es humanos. ¡Mi manada es una democracia en la que manda Roco!

Y ahora, después de esta forzada explicación, si usted sigue pensando que este humilde escritor es un machista, está en su derecho de tirar este artículo a la basura.

Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
Diplomado en Estudios Avanzados Universitarios de 3º Ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal (título propio de la Universidad de Granada). Estudió Etología en el Departamento de Biología animal y Ecología de la Universidad de Granada. Fue Fundador y Presidente de AEPE (Asociación Para el Estudio del Perro y su Entorno). Autor de cientos de artículos, y de los libros "En los Bancales del Sur", "HUTA" y "La Etología del Perro".
Antonio Pozuelos Jiménez de Cisneros
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